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Armas de fuego antiguas

Este articulo esta extraido de: www.alferezbalboa.net

Y esta escrito por: Antonio Polo

“Atacaba la onza de plomo en la boca del caño, cebaba de pólvora la cazoleta con mucho cuidado, y luego calaba la cuerda en el serpentín, procurando tapar la cazoleta al soplar la mecha, como tantas veces había visto hacer al capitán y a los otros.”

(Arturo Pérez-Reverte, El Sol de Breda)

Vive Dios, que la olla sabía a gloria. Y lo que vuestra merced me ha contado era beneficioso y productivo, no cabe duda. Pero todavía nos queda algo de tiempo antes de ir al Corral de la Cruz para disfrutar de unas horas de buena comedia, así que si no tiene nada mejor que hacer, podríamos ir a la tienda de un armero, muy cerca de aquí, que mi señor necesita un arcabuz para ir de caza y debo comprarlo hoy mismo… Y ya de paso, podría instruirnos en el uso de estas diabólicas armas, que el saber no ocupa lugar y nunca está de más ese conocimiento.

Las protagonistas absolutas de la sección de combate de El Juego de Rol del Capitán Alatriste son las armas de esgrima: las roperas, los estoques y demás instrumentos de duelista. Para utilizarlas, tenemos a nuestra disposición multitud de maniobras de esgrima (que aumentan mucho más en el suplemento Maestros de Esgrima), un enorme abánico de armas para usar (ropera, espadín, estoque, colichemarde…) e incluso distintas formas de fabricarlas (armas personales, armas de maestros armeros, etc).

A su lado, las armas de fuego han sido objeto de una clara discriminación: tenemos pocas para elegir, hacen relativamente poco daño y, encima, fallan más que una escopeta de feria (muy sutil el juego de palabras, ¿no creen?). La idea, imagino, era hacer un juego de rol de espadachines y no dejar que los combates se convirtieran en duelos de pistoletazos de esquina en esquina, acercándose más, de paso, al espíritu de las novelas de Pérez-Reverte. Pero también es cierto que esas mismas novelas están llenos de buenos ejemplos de lo que eran las armas de fuego en el siglo XVII: Iñigo mata por primera vez utilizando una pistola en El Capitán Alatriste, Quevedo y el capitán combaten juntos en Limpieza de Sangre mientras llueven balas como si granizara, en El Sol de Breda los arcabuces están a la orden del día, y en la última entrega, El Caballero del Jubón Amarillo, la aparición de las armas de fuego es casi una constante en todo el libro (y que nos ofrecen algunas de las mejores escenas de la serie).

Por todo ello, este primer arbitrio estará dedicado a las armas de fuego, su forma y construcción, la pólvora, nuevas armas, precios, y consejos para modificar las reglas del manual de juego que más las atañen.

La Pólvora

La leyenda asegura que la pólvora se inventó en la lejana China, donde se utilizaba para fabricar hermosos fuegos de artificio que adornaran las celebraciones en la corte, y aunque algunos estudiosos no estén completamente de acuerdo con tan bella historia, no seremos nosotros los que la desmintamos. Lo cierto es que la pólvora llega a Arabia a través de las rutas procedentes de China y Persia, y desde allí daría el salto a Europa gracias a los árabes, donde comenzó a experimentarse con ella desde el siglo XIII en adelante: conocidos son los trabajos de Roger Bacon, de San Alberto Magno o del monje Bertoldo (que pasaría a la historia y a la leyenda como Bertoldo el Negro, y que hasta el siglo XIX se consideraría su inventor).

[un mosquetero]

No pasaría mucho tiempo antes de que ese polvo negro se convirtiera en un perfecto medio de propulsar a gran velocidad un proyectil de mayor o menor tamaño, ya fuera contra las murallas de piedra de un castillo o contra el pecho de un soldado. En resumen, la pólvora se convierte en un arma. Y se fabrican las primeras armas de fuego, artefactos mucho más lentos y costosos que los que se llegaron a conocer en siglos posteriores (en 1370, el emperador alemán Carlos IV se enorgullecía públicamente de disponer de un cañón que disparaba tres veces cada hora), que cuentan con el rechazo de los estamentos militares que las consideran peligrosas, muy lentas y demasiado poco precisas para el esfuerzo que supone fabricarlas y usarlas, quejas que llegarán hasta una época tan avanzada como los comienzos del siglo XVI, cuando los consejeros de Carlos I llegaron a recomendarle que volviera a usar la ballesta, un arma “más segura, barata y rápida”, o cuando Ludovico Aristo escribe su famoso Orlando Furioso, donde habla de ellas en los siguientes términos:

“Por medio de ti le han sido suprimidos el valor y el heroísmo a la posibilidad de acrisolarse en el campo de batalla, por medio de ti sucumbieron y sucumbirán gran número de nobles señores y caballeros, antes de que podamos ver el fin de estas guerras del mundo entero (…)”

Por suerte (o por desgracia), unas décadas después el uso de las armas de fuego en el ejército o en la vida civil era toda una realidad, quizás por la aparición de la llave de rueda (de la que hablaremos más adelante) o por la fabricación de la pólvora en grano. Y es que cuando hablamos de la pólvora, tendemos a imaginarnos una especie de polvo negro que se guardaba en barriles (de donde surgen regueros de pólvora que los héroes o villanos de las películas pueden convertir en una especie de bombas artesanales), aunque la realidad no fuera exactamente esa. La pólvora es un compuesto explosivo fabricado con un 75% de salitre (nitrato potásico), un 15% de carbón y un 10% de azufre, que al ser combinados de la forma adecuada dan como resultado la serpentina, que es la pólvora en forma de polvo que todos conocemos, pero que cuenta con un gran inconveniente: se deshace sin esfuerzo y se esparce todavía más facilmente. Por tanto, para poder trasladarla y usarla había que tomar muchas precauciones, tantas que no era extraño presentarse en el campo de batalla con todos los ingredientes necesarios para fabricarla allí mismo.

Pero a mediados del siglo XVI, todos estos problemas desaparecen al inventarse la pólvora en grano, que no es más que un montón de serpentina humedecida, en muchas ocasiones con orina (preferiblemente de clérigo, ya que, según se decía, cuenta con más alcohol), y posteriormente dejada secar en forma de pequeños granos de diferentes tamaños que se pueden desmenuzar fácilmente y utilizarlos como la pólvora normal. De esta forma, la pólvora se puede trasladar con mayor facilidad de un lugar a otro sin temor a perderla o a sufrir algún que otro accidente.

Otro avance importante sería la creación de los talabartes o cartucheras: una bandolera que cuenta con doce cartuchos (también llamada por eso “doce apóstoles”) cargados cada uno con una dosis de pólvora previamente medida para ser utilizada en un disparo. De esta forma se acelera bastante la recarga del arma y relega a un segundo plano el uso del polvorín, aunque seguirá siendo un elemento indispensable del soldado de la época, que acostumbra a llevar dos: uno pequeño para el cebo y otro mayor para recargar las cartucheras.


Fabricación y Uso

“Acababa de entregarle al capitán Alatriste un puñado de balas, que ya le escaseaban, y vi cómo ponía varias en la bolsa que llevaba colgada sobre el muslo derecho, se metía dos en la boca y echaba otra al caño del arcabuz, la atacaba bien, y luego echaba polvorín al bacinete, soplaba la mecha enrollada en la mano izquierda, la calaba y se subía el arma a la cara para tomarle el punto al holandés más próximo.”

(Arturo Pérez-Reverte, El Sol de Breda)

Estructuralmente, casi todas las armas de fuego (no las de artillería) son, en esencia, iguales: se componen de cañón, caja, mecanismo de ignición (llave) y guarnición. Veamos, más detalladamente, cómo son y para qué sirven cada una de estas partes.

El cañón no es más que un tubo metálico (de hierro, acero o latón) de perfiles diferentes, aunque se trata de la pieza más importante y más costosa de un arma. En él se introduce la carga de pólvora y la bala, y será por ahí por donde salga -en la época era usual llamar a las armas de fuego como armas de avancarga, o sea, armas que se cargan por la boca-. La caja, que se une al cañón mediante la culata (o mocho), se fabrica normalmente con madera de nogal y sólo cumple una misión: unir las diferentes partes del arma para poder ser utilizada correctamente. El mecanismo de ignición, llamado conmúnmente la llave del arma, sirve para que la carga de pólvora que hemos introducido en el cañón prenda e impulse la bala. Y, por último, el término guarnición cubre el resto de partes accesorias de un arma.

Como vemos, sobre el papel no es muy difícil describir un arma de fuego de la época, pero a la hora de utilizarlas es donde vienen las complicaciones. Jakob von Wallhausen, coronel de la ciudad de Danzig, llegó a dividir en 1550 la forma de disparar un mosquete en 143 tiempos o puntos que había que seguir a rajatabla, y aunque exageró bastante, lo cierto es que si quisieramos resumir todo lo posible esa lista, no bajaríamos de 29 tiempos, que siguen siendo bastantes. Trataremos de sintetizarlo.

En esencia, todas las armas de fuego se utilizan de la siguiente forma: el usuario introduce por la boca del cañón una carga determinada de pólvora, la bala y un taco de tela, papel, estopa o cuero que se coloca entre la pólvora y el proyectil para que éste salga con más fuerza. Luego, en una cámara especial de la llave del arma, llamada cazoleta, se coloca el cebo (u oído), que no es más que una pequeña cantidad de pólvora más fina y de mejor calidad, encargada de prender la pólvora que hay en el cañón y que impulsará la bala. A continuación, se ataca el arma, o sea, se introduce en el cañón una baqueta, una vara delgada de hierro o madera, y se aprieta la carga de pólvora, el taco y la bala. Esta baqueta se suele enganchar a la parte inferior del cañón, ya que se utiliza también para limpiar el arma.

[en acción]

Tras terminar de cargarla, cebarla y atacarla, el arma ya está preparada para ser disparada. El usuario la apoya en una horquilla -si es un arma pesada- o la levanta con la mano, apunta y dispara, produciendo un fuerte estallido y una nube grasienta de humo de un color grisáceo. El sonido y el humo, que posee un fuerte olor a azufre, además de pegarse a la garganta, boca y nariz del que ha disparado (provocándole una gran sed), revela siempre la localización del atacante, incluso de noche, aunque, como contrapartida, oculta también su rostro.

Una vez terminada de usar, lo conveniente sería limpiar el interior del cañón con un paño húmedo (los soldados acostumbran a llevarlo en la boca durante la contienda y así humedecerlo con su saliva) y eliminar de esa forma los restos de escoria, la pólvora inservible que haya quedado dentro. Luego se descarga, se limpia en profundidad y se engrasa, que son muchos los soldados que han perdido el arma por no saber cuidarla como es debido, ya que la pólvora, además de corroer el metal, atrae la humedad y puede oxidarla.

La fabricación de las armas de fuego también es un trabajo especializado, ya que es muy díficil encontrar a un maestro armero capaz de construir por sí mismo las diferentes piezas en que, como hemos visto, se divide una de estas armas. Por eso, la fabricación necesita el trabajo de cinco profesionales especializados, que son:

  • Oficial de Llaves (o Panyetaira): se dedica únicamente a realizar las llaves en sus diferentes versiones, principalmente la de miquelet o española.
  • Oficial Cañonero (o Canoners): se dedica exclusivamente a la fabricación de cañones, utilizando para ello dos sistemas diferentes, como son la fundición y la barrina o doblado de planchas de hierro.
  • Oficial Cajero (o Cepador): se especializa en el trabajo de la madera para hacer la caja.
  • Artesano Guarnicionero: realiza los trabajos de embellecimiento del arma, un trabajo muy similar al de un orfebre, joyero o ebanista.
  • Maestro Armero: recoge el producto de los trabajos anteriores y realiza el arma final.


Calidad de las Armas

Como todo en esta vida, la calidad de un producto suele ser proporcional al dinero que desembolsamos por ella. En la industria armera del siglo XVII ocurría lo mismo, ya que existían diversos grados de calidad en su fabricación que repercutía, naturalmente, en el precio de la misma. Aquí te describimos someramente cuatro grupos principales que pueden servir al Narrador para reducir o incrementar el precio de un arma de fuego conforme a su calidad.

  • Armas de Guerra: Son ingenios producidos en masa con poca o ninguna ornamentación y preparadas para ser utilizados en campaña, sin mucha precisión y fuera del alcance de un particular. A ellas pertenecían, armas de artillería aparte, los arcabuces, las carabinas, los mosquetes, las pistolas de rueda y las de pedernal.
  • Armas Civiles: Son las fabricadas por los Maestros Armeros de los pueblos y las ciudades, ya sea para ser usadas en la caza o para “defensa personal”. Serán las armas más habituales que caigan en manos de los personajes, ya sean pedreñales (pistolas), mosquetes o carabinas.
  • Armas Ornamentales: Las fabrican los artesanos joyeros y orfebres más como elemento decorativo o regalo que para ser usadas con efectividad, clasificadas muchas de ellas como juguetes ya que un proyectil de un par de milímetros no suele ser muy práctico, aunque existieron también armas de caza enjoyadas que eran realmente letales y que fueron muy apreciadas por según que damas nobles. En muchas ocasiones, su construcción sirve más que nada para demostrar la habilidad técnica del fabricante. Como ejemplos tenemos pistolas en miniatura o enjoyadas, pistolas-cubiertos (se le podía incrustar un tenedor y un cuchillo en el cañón), pistoletes, etc.
  • Armas Especiales: Armas de fuego producidas en series muy limitadas, en algunas ocasiones únicas, fabricadas por encargo, muy díficiles de encontrar, carísimas y siempre en manos de ricos comerciantes o nobles. Se construían para unos fines muy específicos y en muchas de ellas, la posibilidad de fallo mecánico o explosión era muy alta, necesitando un maestro armero para repararla. Como ejemplo tenemos las dagas mixtas, pistolas-hacha, revolver, arcabuz de tres cañones, etc.


Sobre las Llaves

“Tras un instante de inmovilidad, echó atrás el percutor de la llave de chispa y se llevó la escopeta a la cara. Luego, tras apuntar al sicario con una pasmosa frialdad, lo derribó de un escopetazo en la frente.”

(Arturo Pérez-Reverte, El Caballero del Jubón Amarillo)

La llave de un arma de fuego, el mecanismo de ignición, es el verdadero “corazón” del arma, ya que se encarga exclusivamente de prender el cebo de la cazoleta, que, a su vez, permitirá que la carga de pólvora del cañón estalle e impulse lo más lejos y fuerte posible la bala. Con el tiempo, las llaves de las armas fueron evolucionando, a veces lentamente y otras más rápido, y en la época en las que se centran las partidas de El Juego de Rol del Capitán Alatriste, nuestros personajes se podrán topar con cualquiera de las siguientes llaves, cada una de las cuales tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Llave de Mecha

[la carga]

La llave de mecha, llamada también de serpentín o de botafuego, es la más antigua de las tres, además de las más simple. Cuando se aprieta el gatillo de las armas que cuentan con esta llave, el serpentín, una espita en forma de “S” que sostiene una mecha encendida (una cuerda impregnada con una sustancia inflamable, como alcohol destilado en vino o salitre), cae sobre la cazoleta y el cebo, que prende la carga de pólvora e impulsa la bala.

Como podemos ver, es un mecanismo bastante simple, muy fiable, barato y fácil de construir. Por desgracia, estaba lleno de desventajas: era muy díficil pasar desapercibido con un arma cargada, es imposible usarlas a caballo, es muy peligroso mantener encendida la meche cerca de alguna cantidad de pólvora (como la que suele portar un soldado o cazador) y, sobre todo, si llueve el arma es completamente inútil. Por todo ello, esta llave sólo se utilizan en armas largas (existieron armas de fuego cortas de mecha, pero nunca fueron muchas y se dejaron de fabricar con la llegada de la rueda y el pedernal) y normalmente en campaña, ya que durante las cacerías se optan por llaves más modernas que esta.

Llave de Rueda

El siguiente paso en la evolución de las llaves de las armas de fuego es la llave de rueda, aparecida a mediados del siglo XVI. Cuando apretamos el gatillo de un arma con una llave de rueda, un resorte en forma de rueda dentada se mueve y golpea un trozo de pirita de hierro del que saltan chispas que prenden el cebo que hay en la cazoleta. Como podemos ver, se trata de un sistema muy parecido al de nuestros encendedores actuales, aunque algo más complicado, sólo que una vez disparada el arma, esa rueda se debía recolocar en su sitio utilizando el tensor de arcabuces, una especie de llave inglesa, al tiempo que se ponía la pirita en lugar.

El mecanismo, similar al de un reloj, es más rápido y fiable que el de mecha (se ceba y prepara mucho mejor), les afectan menos las condiciones climáticas, y las armas que cuentan con él se pueden llevar preparadas dentro de una cartuchera o faja. Por el contrario, también es mucho más caro y requiere más conocimientos y técnica para poder fabricarlo: sólo los talleres más especializados, destacados y que contaran con una buena provisión de piedras de recambios podían construirlos e incluso repararlos. Y encima, era más frágil y se estropeaba con mucha más facilidad: la llave era muy sensible a la herrumbre y a la suciedad, el tensor tendía a atascarse, etc. Por eso, la las armas que contaban con llaves de rueda nunca fueron muy comunes entre la soldadesca y es más fácil encontrarlas entre cazadores, oficiales y la caballería, que si podían usarlas a caballo.

Llave de Pedernal

El último mecanismo que se conocería en la época, y que perduraría durante más de dos siglos con pequeñas variantes, es la llave de pedernal, llamada también de miquelete, de patilla, catalana, de chispa o de resorte. Inventado en los primeros años del XVII, se extiende rápidamente a partir de 1615 cuando se añade una tapa a la cazoleta que se abre al mismo tiempo que se aprieta el gatillo (las primeras armas no las llevaban y muchas veces el cebo se colocaba mal y se quemaba sin prender la pólvora del cañón).

Al apretar el gatillo de las armas que cuentan con una llave de pedernal, un fragmento de pedernal cae sobre un trozo de acero haciendo saltar chispas que caen sobre la cazoleta y el cebo, prendiendo la carga de pólvora del cañón. Es muy similar, por tanto, a la llave de rueda, pero esta se recarga mucho más rapido, ya que lo único que necesita es introducir la pólvora en su lugar correspondiente (como el resto de mecanismos), echar hacia atrás el resorte que sujeta el pedernal y ya está preparada para disparar.

Aparte de la rapidez en la recarga, el pedernal cuenta con otras ventaja: simplicidad de la llave, reparaciones sencillas, no es muy caro y es más resistente. Por eso, la llave de pedernal se convierte rápidamente en la llave más conocida y utilizada en las armas de fuego (al principio, solo en armas cortas, ya que las largas, que suelen ser militares, no la adoptan completamente hasta mediados del XVII).


Sobre las Balas

“Ni la mejor esgrima del mundo tenía nada que hacer frente a una bala disparada a cuatro palmos.”

(Arturo Pérez-Reverte, El Caballero del Jubón Amarillo)

Las balas son los proyectiles que utilizan las armas de fuego y solía fabricarse, normalmente, de plomo, un metal que se funde y adquiere rápidamente la forma deseada, y que al dispararse se deforma, produciendo una herida mayor. También podía utilizarse la piedra en las armas de artillería, aunque a comienzos del siglo XVII lo normal era fabricar las balas de los cañones con hierro.

Al no existir en la época la estandarización que actuálmente conocemos, es imposible hablar de calibres de armas, ya que cada una de ellas cuenta con un ancho de cañón ligeramente diferente. Por eso, en la mayor parte de las ocasiones es el propio usuario el que debe fabricarse sus propias balas, utilizando para ello lingotes de plomo (de donde podían salir hasta 30 o 40 balas) o los objetos más variopintos (como pesas de balanza, vidrieras emplomadas, etc). Tras fundir el metal en una hoguera se introduce en un molde para que adquiera la forma deseada, y en cuestión de un minuto, se podía fabricar una bala (quizás más si se cuenta con moldes múltiples o más de uno). Es muy importante que cada usuario personalice el molde para sus balas, ya que ésta debía tener una medida muy concreta para no pasarse de grosor (lo que impediría que entrara en el cañón) o no dejarla demasiada pequeña (lo que conllevaría un tiro poco preciso y con escasa fuerza).


Armas de Lujo

“Lucía tan bella como de costumbre, con el detalle de un gracioso pistolete de plata y piedras preciosas sujeto a la cintura, que parecía de veras capaz de disparar una bala, y que portaba en forma de joya o adorno sobre la amplia falda de raso de aguas rojo.”

(Arturo Pérez-Reverte, El Oro del Rey)

Al igual que ocurre con la pintura, la escultura o la arquitectura, el arte de la armería barroca, ya sea de armas blancas o de fuego, se convierte en símbolo de poder y ostentación entre la sociedad noble del siglo XVII: las cacerías reales se transforman en espectaculares ferias de armería, compitiendo los presentes por tener el arma más recargada y lujosa, y muchas damas de la corte acostumbran a lucir pequeños pistoletes decorados con joyas o grabados.

Y como sucede en las artes mayores, la armería europea se encuentra dominada por la escuela francesa, cuyas armas alcanzan una perfección y un lujo inalcanzables en otros paises. Los grandes armeros franceses (Bertrand Piraube, La Roche, Le Lorrain, Chasteau…), que trabajan siempre con minuciosos contratos, fabrican las cajas de sus armas de fuego con nogal realzado y embellecido con marfil, plata y oro, mientras que las piezas de acero se cincelan y graban, o se damasquinan con metales preciosos, utilizando normalmente temas mitológicos o alegorías.

La segunda gran escuela europea es la alemana, donde todavía se fabrican armas con llave de rueda de forma constante, y donde acostumbran a decorar la caja con incrustaciones de hueso y madreperla, aunque la escuela será conocida en toda Europa por sus bellas armas de caza, algunas con cañones de sección octogonal, y siempre decoradas de forma suntuosa. Los principales armeros de la escuela serán los hermanos Daniel y Emmanuel Sadeler, que trabajan directamente para el duque de Baviera, para el que construyen sus clásicas pistolas alargadas con figuras en relieve y azuladas, resaltadas sobre un fondo dorado.

Otro gran centro de producción de armas de fuego de lujo es la ciudad de Brescia, donde los armeros italianos de las familias Cominazzo y Lazzarino, que firman sus obras con el nombre completo, las decoran con placas de metal taraceadas sobre la madera de la caja.

Sobre la industria armera española, podemos resaltar tres centros principales: Vizcaya, Barcelona y Ripoll. La primera, que fabrica armas desde el siglo XVI, limita su producción a las armas militares y siempre en grandes cantidades. Barcelona, sin embargo, se dedica a elaborar armas de bajo coste. Y Ripoll fabricará armas de lujo, basadas en los diseños italianos de Brescia y en cuyas decoraciones predominan los arabescos, utilizando la madera de arce o frutal en las cajas.


Glosario de Armas de Fuego

Abrazadera
Pieza que sirve para unir a su caja el cañón de un arma de fuego
Afuste
Parte de la caja que soporta el cañón
Aparejo
Véase Guarnición
Atacar
Apretar el taco en un arma de fuego (o en una mina o barreno)
Baqueta
Vara delgada, pero fuerte, de madera con un casquillo de cuerno o metal, que sirve para atacar las armas de fuego
Boca
Entrada del cañón del arma
Brocal
Llamado también Brocalete, es la moldura que refuerza la boca de los cañones
Cacha
Placa que remata los costados de las empuñaduras de ciertas armas cortas
Caja
Soporte de madera del arma de fuego en que se ponen y aseguran el cañón y la llave
Canutillo
Tubo en el que se aloja la baqueta
Cañón
La pieza hueca y larga del arma de fuego, el lugar por donde sale el disparo
Cazoleta
Pieza cóncava de la llave (a modo de media esfera), inmediata al cañón, que se llenaba de pólvora. Recibía las chipas del pedernal o la mecha y se inflamaba, haciendo disparar el tiro
Cebo
Pólvora que se coloca en la cazoleta de las armas de fuego para producir, al inflamarse, el disparo
Cobija
Cubrecazoleta
Culata
Parte posterior de la caja de un arma de fuego, que sirve para asirla y afianzarla cuando se apunta y se dispara
Disparador
Véase Gatillo
Escoria
Residuo de la pólvora tras su combustión
Gatillo
Parte de la llave de un arma de fuego en que se apoya el dedo para disparar. En la época recibía el nombre de disparador (o, más exactamente, cola del disparador), ya que el gatillo era, en realidad, la pieza que sujetaba el pedernal en las llaves de pedernal
Guardamonte
Pieza de metal en semicírculo clavada en la caja sobre el disparador o gatillo destinada a protegerlo de cualquier golpe accidental, además de dar apoyo a la mano del tirador
Guarnición
Engastes y aditamentos de las armas de fuego. También llamado aparejo
Horquilla
Vara larga, terminada en uno de sus extremos por dos puntas, que sirve para afianzar y asegurar un arma de fuego larga mientras se dispara
Llave
Mecanismo de las armas de fuego que sirve para dispararlas
Mecha
Cuerda de cáñamo que sirve para prender la carga en las armas con llave de mecha
Metralla
Munición menuda con que se cargan las piezas de artillería, proyectiles y bombas
Mocho
Véase Culata
Oído
Orificio practicado en la culata de las armas de fuego para comunicar la recámara con la cazoleta
Pólvora en Grano
Pólvora presentada en forma de pequeñas bolas que son fácilmente desmenuzables
Pólvora en polvo
Véase Serpentina
Serpentín
Instrumento de hierro en que se pone la mecha o cuerda encendida para hacer fuego en las armas de fuego con llave de mecha
Serpentina
Pólvora en polvo
Taco
Cilindro de trapo, papel, estopa o cosa parecida, que se coloca entre la pólvora y el proyectil en algunas armas de fuego, para que el tiro salga con fuerza
Turquesa
Molde para fabricar balas de plomo
Verga
Arco de acero de la ballesta
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