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Si Latinoamérica hubiera sido conquistada por Inglaterra y Estados Unidos por España

Este articulo esta extraido de: http://www.eluniversal.com.mx
Traducción de Katia Rheault.
Tomado de The Times Literary Supplement.

En un ejercicio especulativo anclado en la Historia pero no exento de imaginación, Fernando Cervantes toma como pretexto un libro recientemente publicado por el especialista y académico J.H. Elliott, y elabora una pregunta sugestiva: ¿qué habría pasado si Latinoamérica hubiera sido conquistada por los ingleses y Estados Unidos por los españoles? Con base en las estructuras coloniales de ambos imperios, sus puntos de encuentro y ruptura, Cervantes establece una comparación que no fabula en torno a un futuro imposible, sino que arroja luz sobre un momento seminal para la humanidad.
La otra conquista Imagine usted cómo sería el mundo hoy en día si Enrique VII hubiese querido financiar el primer viaje trasatlántico de Cristóbal Colón, y si después un cuerpo expedicionario de ingleses hubiese conquistado México para su hijo, Enrique VIII. ¿Sería acaso América Latina una sociedad próspera y pluralista, firmemente arraigada en la economía capitalista del Primer Mundo, y Estados Unidos un conjunto de enclaves fuertemente endeudados, que exhibirían formas anticuadas de cultura barroca? En la última página de Empires of the Atlantic World: Britain and Spain in America 1492-1830 , J.H. Elliott aborda esta cuestión esgrimiendo un argumento que no es fáctico y que, a primera vista, podría parecer sorprendente pero que de ninguna manera resulta inverosímil. El autor cree que la conquista de México por los aventureros ingleses hubiera provocado un enorme aumento en la riqueza de la corona inglesa, al fluir hacia sus arcas cantidades cada vez mayores de plata. Esto, a su vez, habría fomentado el desarrollo de una estrategia imperial coherente, con todo y la creación de una burocracia que gobernara a los colonizadores ingleses y sus grandes poblaciones sojuzgadas. Como resultado de ello, la influencia del Parlamento en la vida nacional de Inglaterra se habría visto drásticamente acotada y es muy probable que la monarquía inglesa hubiera evolucionado siguiendo los principios del absolutismo. Podrían hacerse otras hipótesis, asombrosas mas no por ello poco plausibles, y añadirlas a la especulación característicamente mesurada de Elliott. Con las arcas llenas, es poco probable que Enrique VIII hubiese desmantelado los monasterios; y, al tener bajo su férula a una enorme cantidad de pueblos recientemente conquistados, sedentarios y comparativamente civilizados, sin duda se habría esforzado al máximo por desempeñarse como Defensor de la Fe… título que el papa León X le había conferido por defender la doctrina católica en contra de Lutero. Así, Inglaterra habría apoyado la fundación de misiones católicas y, alimentada por un renovado arrojo y un sentimiento de predilección divina, tal vez la cultura moderna inglesa hubiera sido, en sus albores, firmemente católica. Mientras tanto, España habría permanecido en un estado de pobreza relativa. Sin dinero, es poco probable que Carlos de Gante hubiera sido elegido emperador del Sacro Imperio Romano y cualquier idea de una monarquía española unificada se habría visto debilitada sin remedio tras la muerte de Isabel de Castilla en 1504 y de Fernando de Aragón en 1516. Habría continuado el pluralismo racial y religioso, así como la tolerancia relativa, que caracterizaba la cultura medieval española y, a partir de la década de 1530, ya no se habrían reprimido los coqueteos de los erasmistas con grupos cada vez mayores de luteranos, lo cual habría llevado al establecimiento de importantes enclaves protestantes, en toda la península, hacia mediados del siglo XVI. A su vez, a estos grupos no les habría sido difícil obtener el permiso real para emigrar a las regiones del Nuevo Mundo que aún no estaban bajo el control de la monarquía católica inglesa. Como la mayor parte de dichas regiones habrían estado escasamente pobladas, los emigrantes españoles no habrían tenido más remedio que desarrollar un enfoque de colonización basado en los lazos entre los distintos enclaves comerciales, reforzando así los aspectos individualistas y mercantiles de la tradición medieval española, en vez del enfoque de conquista y colonización que los ingleses habrían adoptado por evidentes razones. Como podemos ver, después de todo, el mundo quizá no sería muy distinto hoy en día si Enrique VII hubiera financiado a Colón. Naturalmente, la intención de Elliott no es tratar de ofrecer una respuesta a estas interrogantes. Sin embargo, los argumentos especulativos muchas veces ponen de manifiesto cuán estimulante puede ser la historia comparativa, sobre todo cuando se lleva a cabo con el meticuloso cuidado y el asombroso dominio que pueden admirarse prácticamente en todas las páginas de este estupendo libro. Elliott nos dice que las dicotomías tajantes no lograrán “hacer justicia a las complejidades del pasado”; pero las semejanzas, cuando ignoren las diferencias, también tenderán a “ocultar la diversidad bajo una unidad artificiosa”. Por eso, añade, “los movimientos necesarios para escribir historia comparativa son similares a los que se hacen al tocar el acordeón. Uno junta las dos sociedades que quiere comparar únicamente para volverlas a separar. Después de todo, resulta que las semejanzas no son tan claras como parecía a primera vista; uno descubre diferencias que, a simple vista, yacían ocultas”. Y, aun cuando fracasan, “las comparaciones pueden ayudar a los historiadores a sacudirse sus provincianismos al suscitar nuevas preguntas y ofrecer nuevos puntos de vista”, como añade Elliott con innecesaria modestia. Por ejemplo, uno de estos nuevos enfoques aparece cuando Elliott nos recuerda que tanto Castilla como Inglaterra eran “potencias protocoloniales” mucho antes de que adquirieran territorios en el Nuevo Mundo. Al igual que Andalucía en el caso de Ovando, Cortés y Pizarro en España, los ingleses habían considerado desde hacía mucho tiempo que Irlanda era un útil campo de pruebas para el imperio… y, en efecto, allí fue donde Gilbert, Raleigh, Carew y Grenville hicieron sus pinitos. Y, sobre todo, aunque cada una era gobernada por un monarca, Inglaterra y España estaban integradas por distintos reinos y territorios que contaban con sus propias y características tradiciones y formas de gobierno. En otras palabras, eran lo que Elliott llama “monarquías compuestas”. Y aunque dieron origen a dos mundos coloniales distintos, con características políticas marcadamente divergentes, también hubo sorprendentes puntos en común en sus enfoques. Por ejemplo, es bueno recordar que la conquista de México, en 1521, coincidió con la rebelión de los comuneros de Castilla, quienes exigían que el bienestar de la comunidad dependiera de una relación contractual debidamente constituida entre el gobernante y el gobernado; dicha demanda fue adoptada rápidamente por Hernán Cortés y sus seguidores. Esto dio origen a una concepción del Estado que era esencialmente patrimonial, en donde el gobernante y sus súbditos formaban una comunidad orgánica (corpus mysticum), diseñada para permitirles a sus miembros vivir bien y llevar una existencia sociable bajo el dominio benevolente de su monarca. Claro que, en la práctica, en la América española había demasiado en juego como para permitir el tipo de enfoque no intervencionista que, al principio, caracterizó la política de los Estuardo en Norteamérica. La idea jurídica del poder real absoluto siempre podía usarse para anular las obligaciones contractuales de la corona española. La aplicación exitosa de esta idea pronto se reflejó en la creación de un sistema de gobierno virreinal que, como afirma Elliott, “bien podía ser la envidia de los monarcas europeos, quienes se esforzaban por imponer su autoridad sobre los nobles recalcitrantes, las corporaciones privilegiadas y los estados revoltosos”. Como alguna vez dijo Francis Bacon, se sabía que el virrey Antonio de Mendoza había comentado que Perú “era el mejor lugar que había dado el rey de España, con la salvedad de que ¡estaba demasiado cerca de Madrid!”. No obstante, es demasiado fácil exagerar la eficacia del sistema. Si bien es cierto que a la América española nunca se le permitió establecer sistemas formales de representación, esto no impidió que sí se desarrollaran otros aparatos institucionales, principalmente el cabildo o ayuntamiento, ni que se difundiera el uso de la fórmula ritual “obedezco pero no cumplo” entre los funcionarios que consideraban inadecuada o injusta una orden real. “Esta fórmula”, explica Elliott, “que se incorporaría a las leyes de las Indias en 1528, ofreció un mecanismo ideal para contener la disensión y evitar que los pleitos se convirtieran en un enfrentamiento abierto”. Existen claros puntos de convergencia entre esta fórmula, que fue ampliamente utilizada, y algunas de las prácticas del sistema colonial británico. Aun si los colonizadores ingleses no pudieron recurrir nunca de manera explícita a una expresión ritual similar, siempre tenían la posibilidad de negarse a acatar una orden real argumentando que el monarca no estaba bien informado. Esto a su vez llevó a reconocer la importancia fundamental de la autoridad real y la obligación que tenían los funcionarios coloniales de comportarse, al igual que los virreyes de la América española, como la “imagen viviente” del rey. Se decía que lord Cornbury, gobernador de Nueva York y Nueva Jersey de 1702 a 1708, se vestía para parecerse a la reina Ana, su soberana, pero, claro, es probable que semejantes declaraciones no fueran más que el resultado de los intentos difamatorios de sus enemigos por desacreditarlo; sin embargo, el hecho de que pudiera decirse semejante picardía sugiere que los funcionarios reales ingleses, al igual que sus homólogos españoles, eran la parte medular de un sistema donde “la etiqueta y el ritual reproducían, en un microcosmos, los de la corte real”. Además, tanto el sistema británico como el español se caracterizaban por un alto grado de pluralismo legal. La existencia de privilegios locales (fueros) en España se reflejaba en Inglaterra en la competencia de los juzgados de derecho consuetudinario; había múltiples cortes que contaban con sus propias formas de jurisdicción: tribunales eclesiásticos, marítimos, de derecho mercantil, locales y señoriales, así como tribunales privilegiados como la Cámara Star. En los dos mundos coloniales, semejante pluralismo se manifestó sobre todo en el cuidado que pusieron los colonizadores ingleses, al igual que los españoles, al tomar en cuenta las circunstancias locales específicas en numerosas instancias de legislación ad hoc y de adaptación a las costumbres y tradiciones locales. En la práctica, claro está, estas iniciativas circunstanciales se expresaron muchas veces de formas contrastantes. Y esto es especialmente evidente en los enfoques, muy distintos, que adoptaron las dos naciones en relación con la evangelización de los habitantes nativos. Para principios del siglo XVII y a pesar de sus terribles decepciones, los logros de España en este ámbito fueron lo bastante impresionantes como para que William Strachey se los presentara como un ejemplo meritorio a sus compatriotas ingleses, cuando éstos se disponían a colonizar Virginia. Sin embargo, los ingleses nunca lograrían nada siquiera remotamente comparable. Las razones de ellos son bastante claras. Para empezar, la Reforma en Inglaterra había acabado con las órdenes religiosas, que fueron el principal motor de la evangelización en la América española. Además, a principios del siglo XVII la Iglesia anglicana no gozaba del pleno apoyo de la Corona y, de cualquier modo, no estaba en posición de diseñar ni poner en práctica un programa amplio de evangelización, dado que todavía luchaba por establecerse en casa. El hecho de que ni siquiera tuviera el monopolio de la vida religiosa hizo que las colonias inglesas pronto se convirtieran en un campo de tensión entre las distintas sectas. Y a pesar de que Thomas Maydew y John Eliot sí lograron aprender las lenguas nativas en un esfuerzo por convertir a los indios, también se vieron obligados a depender de donativos privados y asociaciones de voluntarios para llevar a cabo proyectos que, en la América española, sin duda habrían contado con el apoyo oficial. Es cierto que, en ciertos aspectos, sobre todo en la ausencia de la coerción, el enfoque que tenía Inglaterra hacia la misión es bastante favorable si se le compara con el de España: “No con la punta del espadín ni con el disparo del mosquete… sino con los medios justos y amorosos que armonicen con nuestra naturaleza inglesa”, como dijo Robert Johnson en 1609. No obstante, esta tolerancia religiosa dio lugar, irónicamente, a una intolerancia mucho mayor que en la América española en lo que respecta a la conducta y los asuntos civiles. En Hispanoamérica, la influencia del incansable dominico fray Bartolomé de las Casas y de sus seguidores fomentó la creación de un clima moral que hizo que la Corona española adquiriera conciencia de sus obligaciones para con los indios. Esto a su vez originó el compromiso de garantizar la justicia en todo el mundo hispánico algo que, como dice Elliott, “por su continuidad y fuerza, difícilmente tiene un paralelo en la historia de los demás imperios coloniales”. Era un sistema que buscó integrar a los indios en “una sociedad orgánica y jerárquicamente constituida”, que les diera la oportunidad de luchar por sus derechos “hasta la cima del sistema judicial”, y donde los conflictos y tensiones entre los colonos españoles no afectaron la persistencia de una cultura “que no temía interactuar con la población que la rodeaba pues daba por sentado que, tarde o temprano, prevalecerían sus propios valores”. Semejante confianza nunca se manifestó entre los ingleses, quienes, de hecho, acabaron por desmantelar los tribunales indios a raíz de que la Guerra del Rey Felipe (1675-76) les hiciera entender que no existía un punto medio entre la anglicanización y la exclusión. Estas actitudes se hicieron trágicamente evidentes en la práctica de la esclavitud. La trata de esclavos, tal y como la desarrollaron los portugueses, y luego la adoptaron los holandeses y los ingleses, creó condiciones que, como lo observa Elliott, fueron “uniformemente bárbaras” en la América británica. Por el contrario, los abusos contra los esclavos en el mundo hispánico con frecuencia quedaron mitigados por el socorro de las órdenes religiosas y también porque los esclavos fueron capaces de seguir el ejemplo de los indios y jugar el juego siguiendo las reglas que marcaban los españoles. Por ejemplo, en su lucha por garantizar su derecho a casarse o a ser libres, los esclavos de la América española tuvieron el acierto de hacerse de la ayuda de la iglesia y la Corona en contra de la insistencia de sus amos en mantenerlos en un estado de servidumbre. La situación en las colonias de la América británica, en donde el amo vio cada vez más restringida su propia capacidad para liberar a sus esclavos, fue totalmente distinta. Por consiguiente, podemos decir que la temprana imposición de la ortodoxia religiosa en la América española fue algo favorable, sobre todo si consideramos que el fracaso de una evolución similar en Nueva Inglaterra evitó que se desarrollara cualquier sentimiento de cohesión interna, lo cual dio la impresión de “una sociedad atomizada en un estado continuo de agitación”, como la describe Elliott. Por el contrario, gracias a la coherencia y riqueza de su vida cultural, la América española superó por mucho a la británica a finales del siglo XVII y durante todo el siglo XVIII. Las poblaciones de Boston (16 mil habitantes), Filadelfia (13 mil) y Nueva York (11 mil) se vuelven insignificantes si se les compara con las de la ciudad de México (112 mil), Lima (52 mil), La Habana (36 mil), Quito (30 mil) y Cuzco (26 mil). En todas estas ciudades, las élites civiles compartían un lenguaje religioso y cultural, y las cortes virreinales constantemente transmitían las tendencias más recientes de las distintas culturas cortesanas de la Europa barroca. Al carecer de este tipo de estructura, “no es de sorprenderse que los artistas estadounidenses más ambiciosos del siglo XVIII… hayan puesto la mira en Londres”, comenta Elliott, mientras que “los artistas mexicanos y peruanos… no experimentaban la necesidad similar de viajar a Madrid”. Lo mismo puede decirse, naturalmente, de los intelectuales barrocos de la talla de Carlos de Sigüenza y Góngora, y de sor Juana Inés de la Cruz, en el caso de México. Sin embargo, esta misma ventaja acabó por convertirse poco a poco en una debilidad fundamental. Como lo recalca Elliott, esto no sólo se debió a que fue mucho más difícil que una sociedad basada en una cohesión interna, que dependía de la uniformidad de la fe, se adaptara a nuevas ideas. Más importante aún fue, en este sentido, la extinción de la dinastía de los Habsburgo en España, al morir Carlos II en 1700; este suceso provocó el establecimiento de una nueva dinastía, la de los Borbones, después de la Guerra de la Sucesión Española (1701-14), y el consiguiente alejamiento del mundo hispánico de todas sus viejas conexiones internacionales. Dada la naturaleza radical de esta ruptura, resulta asombroso observar cómo la sucesión borbónica se llevó a cabo prácticamente sin que se registrara ningún incidente en la América española, a diferencia del tumulto que provocaron, en la América británica, los acontecimientos que acompañaron la Revolución de 1688 en Inglaterra. Al afianzar una sucesión protestante en Inglaterra y confirmar su futuro como una monarquía parlamentaria, la Revolución Gloriosa “aportó nuevas capas de ideología religiosa y política” al imperialismo británico, como lo señala Elliott. A partir de entonces, el protestantismo, la libertad y la empresa comercial se “entronizarían como los componentes, mutuamente reforzados, del carácter distintivo nacional que, durante las largas y agotadoras guerras contra la tiranía papista de Luis XIV, obtendría la ratificación máxima del éxito militar”. Mientras tanto, la América española insistía en considerarse como parte integral de una monarquía compuesta a pesar de que Madrid, bajo la influencia de los nuevos reformadores borbónicos, había llegado a considerar este concepto como un anatema y a hablar el lenguaje de un Estado-nación unitario en donde el monarca recibía su poder directamente de Dios, sin ninguna mediación por parte de la comunidad. Estas circunstancias explican en gran medida por qué las distintas rebeliones que estallaron en ambas colonias, durante la segunda mitad del siglo XVIII, fueron fácilmente contenidas en la América española, mientras que llevaron irrevocablemente a la independencia del vecino del norte. Por otro lado, las colonias británicas tuvieron que enfrentar un régimen que proclamara su autoridad absoluta y, al mismo tiempo, hablara a medias el lenguaje de la monarquía compuesta… el de la libertad y los derechos. La consecuencia de ello fue que, como dice Elliott, “los lenguajes que hablaban Gran Bretaña y la América británica fueron, en un sentido confuso y peligroso, los mismos”, dado que las dos regiones se habían “enfrascado, de forma por demás intrincada, en el conflicto más espinoso de todos… el conflicto por los derechos constitucionales”. Por otro lado, las dos costas del Atlántico español en realidad hablaban sin entenderse: mientras que la Corona hablaba con el lenguaje del Estado-nación unitario, los americanos españoles seguían imbuidos de los conceptos tradicionales del contrato y el bien común, a pesar de que siguieran operando en el marco de la monarquía. Elliott nos recuerda que, aun después de que Napoleón invadiera España en 1808, seguía en pie la difundida esperanza de que “el endeble edificio del imperio de España en las Indias pudiera mantenerse todavía… gracias a una mezcla de lealtad y temor”. Existe por lo tanto una extraña pero clara lógica en el hecho de que, mientras el Estado imperial español creó un marco indispensable para la vida colonial que fue mucho más completo y exitoso que el de su homólogo en la América británica, la desaparición de la estructura imperial en esta última les permitió a las colonias liberarse y manejar su vida como lo habían hecho antes. A diferencia de esto, la desaparición de la estructura imperial española dejó un vacío desesperante… vacío que, como pudo verse, los nuevos estados latinoamericanos no lograron llenar por no estar preparados para semejante tarea.

Cervantes . Académico de la Universidad de Bristol especializado en los orígenes de la América española. Autor, entre otros libros, de The Devil in the New World: the impact of diabolism in New Spain (New Haven and London, 1994).

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